
Recuerdo, hace más de veinte años, una portada de “Aplausos” que tenía el mismo título que este post. Aparecía en ella un semental con muchos años sobre sus lomos, creo recordar que del hierro de Osborne.
Hoy, repasando fotos de hace tiempo he dado con ésta. Otro viejo semental, “Molinero” se llamaba, que tenía nada menos que quince años cuando se tomó la instantánea. Y “Molinero”, como todos los sementales que llegan a esa edad, tenía muchas cosas que contar de su vida.
Había nacido en “Las Ramblas”, en una de las primeras parideras que Daniel Martínez tuvo cuando decidió hacerse ganadero. Era la del año 92, y cuando cumplió dos años fue tentado para padre. Con él pasaron la prueba otros dos toros determinantes en la ganadería de Martínez, pero también en otras muchas: el archifamoso nº 13, “Mangarrota”, y el nº 3, “Montes”, que también ha ido ganando celebridad con el tiempo. Además, los tres eran hijos del mismo toro, el “Ensaladera-27”, del hierro de Marqués de Domecq, pero propiedad de José Miguel Arroyo “Joselito”.
Pero “Molinero” era el más difícil de manejar en el campo, y quizá eso influyó en que Daniel se lo vendiese a Javier Moreno y a Rafael Miranda, que hacía poco habían empezado la aventura de ser criadores de bravo en tierras de Jaén bajo el nombre de "Miranda y Moreno", y que hoy en día es de las mejores, si no la mejor de la provincia.
Allí, en los cercados del “Collado de Santa Ana” pasó “Molinero” la mayor parte de su vida, más de diez años, teniendo como principal virtud en sus productos la mejor un raceador puede transmitir: uniformidad en el comportamiento. Tuvo hijos de vuelta al ruedo, de ovación en el arrastre y muy pocos que bajaran el tono. Además, sus hijas son mayoría absoluta entre la actual nómina de vacas madres de la ganadería que fue su harén.
“Molinero” murió de viejo hace unos meses, y quizá ésta sea la última foto que se le hizo. En ella está ya mayor, muy mayor, con el pitón derecho caído por los avatares de muchas peleas, muchas cercas destrozadas y muchas puertas pasadas. Y está también flaco, de tanto cubrir vacas y de hacerlo un año sí y otro también.
Pero en esa tarde nublada de invierno aún se le ve altivo, en lo alto del cerro del cercado de sementales, y en su mirada cansada todavía se adivinaba el fuego de la bravura, de una existencia vivida al cien por cien, en la que tuvo todos los lujos, placeres y cuidados que un bovino puede desear. Como rey de la casa que era…